Año tras año, Rashel Díaz y sus tres hermanos se las ingeniaban para celebrar los terceros domingos de junio con su papá, Nelson Díaz: lo invitaban a un restaurante español, o se reunían con la familia y los amigos, o lo sacaban a bailar y a escuchar música. “Esos eran sus días favoritos”, cuenta la presentadora y empresaria cubana.
Pero este domingo 21 de junio, Día del Padre, los festejos serán un poco menos ruidosos. Rashel ha pensado en llevar a su papá a la iglesia, luego agasajarlo con un almuerzo y pasar tiempo con él. Las cosas han cambiado desde que le confirmaron un diagnóstico de alzhéimer a su papá hace ya dos años.
Todavía Nelson, a sus 76 años, avisa si se le acaba el perfume, sigue siendo pícaro y enamoradizo, siente nostalgia por Cuba, el país donde nació, y es un fanático de las series dominicanas o del deporte. El alzhéimer, la enfermedad neurodegenerativa con la que viven más de 7 millones de pacientes en Estados Unidos, no ha podido cambiar su esencia. Lo que es innegable es el deterioro físico que su hija ha visto en los últimos tiempos. “Empiezas a verlo desgastado y la verdad da mucho dolor”, confiesa Rashel.
La vida de la familia dio un vuelco en el año 2024. “Fue muy difícil, porque no lo vimos venir”, dice la también modelo e influencer. “Papi siempre fue un hombre muy independiente, que viajaba, vivía solo”. Hasta entonces, sólo había padecido de diabetes y presión alta, pero Rashel y sus hermanos comenzaron a notar que su padre se negaba a salir de la casa, o estaba de pocos ánimos. “Papi es bailador, salidor y viajero de toda la vida y lo empezamos a notar de muy mal humor, estaba bravo siempre. Mis hermanos y yo decíamos: ‘Oye, la vejez le ha dado fuerte a papi’”.
Sin embargo, algo más estaba sucediendo. Un día Rashel, quien entonces vivía en Oklahoma y terminaba su primer año en la escuela de estudios bíblicos, le escribió a su padre, pero no recibió respuesta. Al día siguiente lo llamó y su padre no contestó. Al padre lo encontraron luego en su casa completamente inconsciente. Pensaron que se trataba de un infarto, pero al llegar al hospital ese diagnóstico fue descartado y Nelson entró en un coma diabético. “Había dejado de tomar las medicinas”, cuenta su hija. “Él nos decía que sí las tomaba, pero llevaba casi ocho meses sin tomar las pastillas de la diabetes”.
Su memoria había comenzado a fallar. Aún así, el diagnóstico no llegó de un día para otro. A pesar de que no contaban con su recuperación, Nelson salió de la terapia intensiva para transitar un camino en busca de respuestas a su situación. Casi cinco meses después, los especialistas aseguraron que padecía alzhéimer, una enfermedad sin cura que provoca deterioro de la memoria, dificultades para el razonamiento, cambios en el comportamiento y, en etapas avanzadas, pérdida de la capacidad para realizar actividades cotidianas, según la Asociación de Alzheimer.
Rashel no niega que ha sido una etapa dura. A pesar de que su abuela materna tuvo la misma enfermedad, no estaba lo suficientemente preparada para ver cómo su papá, un hombre fuerte y activo, se volvía cada vez más frágil. “Me mata su fragilidad, me mata porque lo veo y digo: ¿cómo un hombre, como era papi, se ha disminuido así? Es impresionante”, sostiene. “Es devastador verlo cada vez más inofensivo”.
Rashel ha observado cómo su papá, un antiguo profesor de inglés en Cuba, que trabajó en bancos y en el mundo del real state en Estados Unidos, poco a poco perdía sus habilidades de siempre. Si iba al banco, no sabía cómo regresar a casa; olvidó cómo escribir, a pesar de que es autor de cuatro libros; olvidó cómo leer, “un hombre que leyó toda su vida”, dice la hija. Tampoco puede manejar, ni puede cocinar, e incluso en una ocasión se cayó en plena calle.
“Esos primeros meses fueron muy difíciles, porque cada vez que me llamaba alguien era para decirme que papi se había caído o que no sabía cómo regresar a la casa. Le puse muchos rastreadores, una aplicación en el teléfono, le puse cámara dentro de la casa”, cuenta la periodista.
Lo mejor para la familia, sin embargo, ha sido encontrar un lugar donde Nelson recibe cuidados diarios, y al que sus amigos e hijos van a visitarlo todo el tiempo. Cuando Rashel llega, le habla al oído, le da caricias, le pone música del mítico grupo cubano de salsa Los Van Van. “Eso es lo que siempre le encantó y es impresionante cómo se ríe y baila”, cuenta ella. La presentadora le muestra fotos de sus hijos y nietos, o algunas de sus viajes a Cuba. “Él aparenta como que recuerda, pero yo sé que es algo lejano. Lo que yo puedo percibir es que él sabe que esta cara que él ve, lo cuida. Y él me agarra las manos y me da besitos. Él sabe que yo lo cuido, él sabe que yo lo amo, él sabe que esa persona que él ve no le va a hacer nada, pero no sabe identificar quién es”.
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En algún momento, fue muy duro para Rashel entender que esa persona que le decía “mi reina”, ya no lograba entender que ella era su hija mayor. A pesar de lo complicado, Rashel cree que esta también ha sido una “temporada de sanación”. “Nos ha dado la oportunidad de poder darle todo ese amor que teníamos acumulado”, confiesa. “Dijimos: ‘Hay que aceptar las etapas de esta enfermedad, hay que pasar tiempo con él, darle mucho amor’”.
Ese, según Rashel, ha sido el secreto para poder enfrentar esta situación: el amor. Es también el mensaje que puede dejarle a otras familias que vivan lo mismo. Además de buscar ayuda, Rashel aconseja no pasar por alto el gesto de amar.
“Hay que entender que lo que ellos más necesitan es amor, no tratar de explicar la enfermedad, no tratar de que cambien o que reaccionen como eran antes. Esta es mi oportunidad de darle todo el amor a mi papá que a lo mejor no le pude dar anteriormente. Tengo una gran oportunidad delante que la quiero usar, la quiero tomar y la quiero realmente cambiar dando amor, no poniéndome justificaciones, no poniendo excusas, no condenando, no juzgando, y estoy segura que el amor es lo mejor”.
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